¿Sabías que antes la gente robaba dientes de las tumbas? Esta es la razón

Hoy, perder un diente es un problema que se resuelve en la consulta del dentista, casi siempre con una solución bastante previsible y segura. Pero durante buena parte de la historia de la humanidad, sustituir un diente perdido era un asunto mucho más complicado y, en algunos casos, directamente macabro. Antes de que existieran los implantes y las técnicas actuales, recuperar una pieza dental podía implicar recurrir a materiales y métodos que hoy nos resultarían impensables, incluyendo, durante siglos, el uso de dientes humanos procedentes de cadáveres.

Cuando la mejor prótesis dental era… otro diente humano

La lógica detrás de este mercado macabro era, en realidad, bastante simple: durante siglos, la mejor sustitución posible para un diente humano era otro diente humano. Las alternativas disponibles —marfil de morsa o de elefante, hueso animal tallado, porcelana— podían resultar incómodas, poco duraderas o, sencillamente, poco convincentes desde el punto de vista estético. Un diente auténtico, en cambio, tenía la forma, el color y la resistencia que se buscaban, y podía integrarse mucho mejor en una dentadura que algunos de los materiales disponibles en aquella época.

El problema era, evidentemente, de dónde sacar esos dientes. Y aquí es donde entra la parte más oscura de esta historia: los llamados «resurreccionistas», profanadores de tumbas que exhumaban cadáveres recién enterrados para extraerles los dientes —y en ocasiones el cuerpo entero, destinado a las escuelas de medicina— y venderlos después a dentistas y protésicos. La práctica estuvo especialmente extendida en el Reino Unido de finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuando la demanda de dientes humanos era considerable y la profesión dental todavía estaba muy lejos de contar con la regulación actual. De hecho, cualquiera podía presentarse como dentista: joyeros, boticarios, peluqueros e incluso herreros se dedicaban a extraer y colocar dientes, sin que existiera un sistema profesional comparable al de hoy.

Los «dientes de Waterloo»: el episodio más escalofriante

Si hay un capítulo que resume hasta qué punto llegó esta macabra industria, ese es el de los llamados «dientes de Waterloo«. Tras la batalla de Waterloo en 1815, que dejó decenas de miles de cadáveres de soldados jóvenes y sanos sobre el campo de batalla, saqueadores llegados de toda Europa aprovecharon la ocasión para arrancar con pinzas los dientes de los caídos, antes incluso de que sus cuerpos fueran retirados del campo. Estos dientes, procedentes de hombres jóvenes en plena salud, se consideraban de mejor calidad que los extraídos de ahorcados o de cadáveres de morgue, y pasaron a comercializarse bajo ese nombre —»dientes de Waterloo»— que funcionaba, en la práctica, como una especie de sello de calidad dentro de este mercado tan particular.

Las dentaduras resultantes, aunque estéticamente aceptables para la época, distaban mucho de ser cómodas: solían montarse sobre bases de marfil o madera, y muchas personas se las quitaban directamente a la hora de comer para evitar que se movieran o se cayeran en público. En la Inglaterra victoriana, de hecho, llevar dentadura postiza podía suponer directamente la exclusión de determinadas mesas y celebraciones sociales, por miedo a la vergüenza de que la prótesis se desplazara durante la comida.

Del oro egipcio a las cavidades vacías de los faraones

El robo de piezas dentales de valor no se limitó, sin embargo, a los dientes humanos completos. En el Antiguo Egipto, algunas de las primeras prótesis dentales de la historia utilizaban hilos de oro para sujetar dientes artificiales o para estabilizar piezas dentales sueltas, tanto en vida del paciente como, en algunos casos documentados por la arqueología, tras su fallecimiento, con el fin de que el difunto llegara al más allá con una dentadura presentable. Ese oro, incorporado a los rituales funerarios de las clases más acomodadas, convirtió las tumbas egipcias en un objetivo doblemente atractivo para los saqueadores: no solo por las joyas y los objetos preciosos habituales, sino también por el propio oro dental, un material fácilmente fundible y reutilizable que ha alimentado durante siglos el expolio de necrópolis en todo el mundo, una práctica que, lamentablemente, sigue documentándose incluso en la actualidad allí donde la vigilancia arqueológica es más débil.

George Washington y el mito de la dentadura de madera

Ningún repaso a esta historia estaría completo sin mencionar el caso más célebre de todos: el de George Washington. Contrariamente a la leyenda popular que asegura que el primer presidente de Estados Unidos llevaba una dentadura de madera, la realidad es todavía más incómoda: sus distintas prótesis a lo largo de la vida combinaban marfil de hipopótamo, dientes de vaca y, según numerosos registros históricos, dientes humanos, presumiblemente comprados a esclavos o a personas empobrecidas que vendían sus propias piezas dentales sanas a cambio de dinero. El color amarillento y manchado del marfil con el paso del tiempo es, probablemente, el origen de la confusión popular que dio lugar al mito de la dentadura de madera. Alguna de sus prótesis originales se conserva todavía hoy en el National Museum of Dentistry de Baltimore, un testimonio físico de hasta qué punto este comercio de dientes humanos alcanzaba incluso a las figuras más poderosas de la época.

Un negocio sin ninguna regulación, y con muchos riesgos ocultos

Más allá del componente macabro, este comercio de dientes humanos escondía también un riesgo sanitario que sus compradores desconocían por completo. Utilizar un diente de procedencia desconocida, extraído de un cadáver sin ningún tipo de control, era una de las vías más habituales de contagio de enfermedades como la sífilis, que podía transmitirse a través del tejido dental contaminado sin que el paciente tuviera forma alguna de saberlo hasta que los síntomas aparecían, semanas o meses después de haberse colocado su nueva prótesis.

A esto se sumaba la completa falta de regulación profesional de la época. Como recogen distintos historiadores de la odontología, a finales del siglo XVIII y principios del XIX prácticamente cualquier persona podía ejercer de dentista sin ninguna formación médica reglada: boticarios, joyeros, herreros y hasta barberos ofrecían extracciones y colocación de prótesis, a menudo en condiciones de higiene inexistentes y con instrumental que hoy calificaríamos, sin exagerar, de instrumentos de tortura. La llamada «odontología de feria» llegó a ser un espectáculo público habitual, donde cualquier persona con dolor de muelas podía sentarse frente a un improvisado sacamuelas ambulante, en ocasiones amenizado por un tamborilero para disimular los gritos del paciente ante la falta total de anestesia.

De la miseria a la muerte: quién vendía realmente esos dientes

El origen de los dientes que alimentaban este mercado no se limitaba únicamente a los cadáveres profanados en cementerios. Durante el siglo XVIII, no era en absoluto extraño que personas en situación de extrema pobreza vendieran voluntariamente algunas de sus propias piezas dentales sanas a cambio de un ingreso económico, en una época sin ningún tipo de red de protección social. A esto se sumaban los dientes extraídos, con autorización judicial, a los condenados a muerte tras su ejecución, otra fuente «legal» dentro de este mercado que hoy resulta profundamente perturbadora.

El precio de una dentadura postiza completa podía alcanzar las 25 guineas en la Inglaterra de la época, una cifra que equivalía aproximadamente al salario de todo un año de trabajo de un empleado doméstico. Ese desequilibrio económico explica por qué, durante mucho tiempo, la posesión de una buena dentadura se convirtió en un símbolo de estatus reservado casi exclusivamente a las clases más pudientes, mientras que la inmensa mayoría de la población simplemente aprendía a vivir, y a comer, sin apenas dientes propios pasada cierta edad.

Por qué esta historia ya no se repite

Resulta curioso pensar que, durante buena parte de la historia humana, la solución más avanzada disponible para sustituir un diente perdido dependiera literalmente de la muerte de otra persona. Ese mercado macabro de dientes humanos empezó a desaparecer a medida que avanzó la odontología científica del siglo XIX y XX, con la aparición de materiales artificiales capaces de igualar, y después superar, las prestaciones de un diente humano de segunda mano: primero la porcelana, después las resinas, y finalmente los materiales biocompatibles que hoy hacen que nadie necesite ya recurrir a un cementerio para recuperar su sonrisa.

El salto definitivo llegó con el desarrollo de los implantes dentales de titanio a partir de la segunda mitad del siglo XX, cuando se descubrió que este metal tenía la extraordinaria capacidad de integrarse directamente con el hueso humano sin generar rechazo, un fenómeno conocido como osteointegración. Ese hallazgo cambió por completo la forma de sustituir un diente perdido, y explica por qué hoy en día ya nadie se plantea siquiera la posibilidad de recurrir a piezas de origen humano o animal.

Los implantes dentales actuales: la solución que cerró aquella historia

La magnitud de este cambio se refleja en cifras muy concretas. Según datos recopilados por la Sociedad Española de Periodoncia (SEPA), en España se han colocado 17 millones de implantes dentales en la última década, pasando de aproximadamente 1,2 millones anuales en 2014 a casi 2,2 millones en 2024, prácticamente el doble en solo diez años. El propio Consejo General de Dentistas de España estima que actualmente más de 25 millones de personas en el país han perdido al menos un diente a lo largo de su vida, lo que da una idea de la enorme demanda que este tipo de tratamiento cubre hoy en día, de una forma segura, predecible y completamente alejada de aquel oscuro mercado histórico.

Como explican los expertos de Clínica Dental García Lorente, los implantes dentales actuales consisten en piezas compuestas generalmente por titanio biocompatible, que sirven de sujeción para coronas, puentes fijos u otras prótesis, con el objetivo de sustituir a los dientes perdidos. Esta sencilla definición resume, en pocas palabras, la enorme distancia que separa la odontología actual de aquella otra época en la que sustituir un diente implicaba, con demasiada frecuencia, profanar la tumba de un desconocido.

Cómo ha cambiado por completo el proceso

A diferencia de aquellas dentaduras de Waterloo, que se colocaban y se quitaban como una pieza externa más, el implante dental moderno se integra físicamente en el hueso maxilar o mandibular, funcionando como una raíz artificial permanente sobre la que después se fija la corona visible. El Consejo General de Dentistas explica que existen distintos tipos de implantes según la necesidad de cada paciente: unitarios, para sustituir un solo diente; puentes implanto-soportados, cuando faltan varias piezas contiguas; o soluciones de arcada completa, para quienes necesitan reponer toda una fila de dientes, evitando en todos los casos el desgaste innecesario de dientes sanos adyacentes que sí exigían los antiguos puentes dentales tradicionales.

El proceso, lejos de cualquier improvisación macabra, sigue hoy un protocolo clínico muy definido: colocación quirúrgica del implante, un periodo de osteointegración de varios meses durante el cual el titanio se fusiona de forma sólida con el hueso, y finalmente la colocación de la prótesis definitiva, ya sea una corona individual, un puente o una prótesis completa, según cada caso.

De la necrópolis al hueso maxilar: un progreso silencioso pero enorme

Puede que hoy nos parezca casi una anécdota histórica, propia de novelas de terror victoriano, pero durante generaciones enteras la única alternativa real ante la pérdida de un diente pasaba por dientes ajenos, obtenidos de la forma más inquietante posible: profanando tumbas recién cerradas, saqueando campos de batalla todavía calientes, o comprando piezas dentales a personas tan desesperadas que preferían desprenderse de su propia dentadura sana a cambio de unas monedas. El camino recorrido desde aquellos «dientes de Waterloo» arrancados con pinzas en un campo de batalla, hasta un implante de titanio biocompatible que se fusiona de forma natural con el propio hueso del paciente, resume bastante bien lo que ha significado el avance de la odontología moderna: pasar de depender de la muerte ajena para recuperar una sonrisa, a hacerlo únicamente con la ciencia, la tecnología y el propio cuerpo de cada paciente.

Es fácil dar por sentado un tratamiento tan seguro y predecible como un implante dental actual, precisamente porque ya no existe ningún rastro visible de todo lo que hubo que superar para llegar hasta aquí. Pero la próxima vez que alguien mencione, de pasada, que se va a poner un implante, quizá merezca la pena recordar que, no hace tantos siglos, esa misma necesidad habría llevado a esa persona a depositar su confianza, literalmente, en los dientes de un desconocido ya fallecido.

 

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